En la Argentina, seis de cada diez personas nunca vivieron sin inflación. Para los sectores más acomodados, este fenómeno ofrece herramientas para protegerse; para los más vulnerables, es una condena silenciosa que erosiona su poder adquisitivo. Durante décadas, el comercio se manejó con una lógica clara: en tiempos de inflación, la mercadería en stock se convierte en refugio de valor; en hiperinflación, incluso conviene cerrar antes que vender. Pero cuando llega la estabilidad o la recesión, el exceso de inventario deja de ser un activo para transformarse en una carga.
Hoy, el ciclo económico parece cambiar. La rentabilidad ya no dependerá de remarcar precios para cubrir ineficiencias, sino de administrar costos, mejorar el servicio y conquistar al cliente. El poder deja de estar en quien tiene la mercadería y pasa a quien tiene el dinero. La metáfora es precisa: la economía argentina es como un corazón que, tras un paro, vuelve a latir gracias a un desfibrilador. Evitamos lo peor la hiperinflación y una pobreza que pudo superar el 90%, pero no hemos resuelto las causas de fondo: déficit fiscal crónico, emisión descontrolada y restricciones que asfixian la libertad económica.
Si el país logra dejar atrás la emisión sin respaldo, liberar el cepo cambiario y fomentar ventas genuinas no motivadas por huir del peso, podrá encaminarse hacia una economía sana. Una en la que la competencia sea por precio, calidad y servicio; en la que el banco funcione como banco, y no como un refugio de valor; en la que el comerciante no esconda mercadería para especular.
Pero atención: consumo sin inversión no es desarrollo. El repunte actual en autos, construcción y bienes durables plantea la pregunta central: ¿las ganancias se reinvertirán para producir más y mejor o se destinarán a protegerse en dólares?
El reto es cultural y estructural. No basta con devaluar para ser “baratos”; hace falta eficiencia. Y no es un problema solo del Estado nacional: provincias y municipios también restan competitividad con impuestos y tasas que superan el costo de servicios básicos. La Argentina que viene deberá decidir si quiere seguir pescando en un lago cada vez más vacío o si, por fin, se anima a repoblarlo.
