Por Candia Pili

Esta teoría, es un estudio. En 1969, en la Universidad de Stanford (EEUU), el Prof. Philip Zimbardo, realizó un experimento de psicología social.

En este estudio se ubicaron dos autos de gama media, alta, en lugares distintos de una cuidad. Uno de ellos en un lugar atropellado por el vandalismo, la destrucción y la falta de valores; y el otro auto en un barrio de clase media alta, con ideologías correctas y bases sólidas.

A los pocos días, el auto dejado en la oscuridad de esas calles bandalizadas, fue desmantelado. Comenzó con la rotura de un vidrio y siguió con cada parte del auto. Hasta que quedó solo su carcaza.

El auto que pusieron en un  barrio “amable” también tuvo la rotura de un vidrio, pero inmediatamente los vecinos hicieron la denuncia, se arregló ese vidrio y el vehículo no sufrió vandalismo, fue reparado y se prosiguió con la actuación judicial para ordenar la situación.

Traslademos eso a la vida diaria

Es tan claro. No importa la índole del vínculo.

Cualquier relación que tiene sus bases sin estructura, sin valores, y donde se permite la “primer rotura de un vidrio”, (proyectemos eso a un corazón dañado por un acto de maldad, falta de respeto o desinterés, una relación laboral viciada,  a un entorno familiar sin hermandad), y no se repara en el momento,  es decir, no se habla, no se pide perdón,  no se revierte la situación y  se sigue repitiendo, se va, indefectiblemente,  en algún momento a terminar de romper.

Cuando un corazón se apaga,  cuando esa alma, queda “desmantelada” y ya no es posible repararla las consecuencias  tienden a ser “el fin de algo”.

Con esto, abrazo fervientemente la teoría de las ventanas rotas y pienso, que precioso poder ver el error propio, que maravilla saber pedir perdón a tiempo, que bonito reparar esa ventana rápido. 

La humildad,  el perdón y el don de la palabra, pueden salvar, relaciones, familias y corazones. Saber mirar el alma del otro, nos engrandece, nos humaniza y nos permite reparar.

Por Candia Pili, licenciada en Marketing

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