Por Candia Pili

El poder es atractivo y seductor, es llamativo e intrigante, el poder embelesa y enamora, el poder también apremia.

El problema es cuando esa potestad te convierte en miserable y no te deja ver.

El reprimido que pudo salir por un golpe de suerte de esa condición puede, en muchos casos, convertirse en represor cuando no pudo curar sus vivencias, cuando nunca sanó, cuando la pasó mal y no encontró en el camino la paz y el perdón, puede cegar. 

No podemos criticar al miserable, si podemos ver la importancia de nunca suprimir a nadie a esa situación de vulnerabilidad, porque la herramienta que nos hace llegar a la paz interior, no la venden en los kioscos y las consecuencias, pueden marcar en el camino a quien lo roce.

Muchas veces, esta fuerza de mando fáctico, que se impone de manera abusiva sobre la voluntad del otro, nos eleva, tanto los pies de la tierra, que perdemos la capacidad de observar.

Podemos ver, muy por arriba, lo que pasa en las afueras de esa burbuja que nos contiene, pero perdemos el talento, de mirar el corazón ajeno.

Mirar y ser piadoso en cada paso, nos ennoblece. En definitiva, somos o seremos lo que dejamos en el corazón de las personas. Por lo que nos recordarán. Lo que brindamos.

La miserable cuota de poder, (que nos transforma)

El poder, existe, convivimos con él, y es exquisito cuando es bien utilizado. Y aquí está la conjunción entre liderazgo y poder. Quien merece ese calificativo, jamás corregiría en público, siempre lo haría tras bambalinas y defendería a quien lo acompaña ante los ojos del prójimo.

Quien tiene ese don, estoy convencida de que sabe el nombre del que se le sienta en frente, sabe cuántos hijos tiene, si tiene un familiar enfermo, si algo le apremia, o que le pesa.

Si empleáramos ese poder para “hacer” cosas positivas, desinteresadas y sin creer que alguien se encuentra en deuda por esto, el “poder” jamás nos transformaría en miserables, si no, en recordados.

Por haber hecho, con la bendición del lugar que ocupamos, (por un ratito), lo mejor que pudimos, sin dejar en el sendero probables desdichados, esperando encontrarse, de golpe, con una miserable cuota de poder.

Por Candia Pili, licenciada en Marketing

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